El venerable maestro quiso comprobar el grado de sabiduría alcanzado por su joven discípulo y una tibia mañana de finales de primavera le preguntó:
-Dime, pequeño saltamontes, ¿cuál es el Gran Secreto del Kung-Fú que hace de nosotros, los monjes shaolines, seres verdaderamente invencibles?
El discípulo, que no había pasado una noche del todo apacible pensando en vete tú a saber qué cosas y que tampoco esperaba un examen sorpresa, se rascó el cogote dos o tres veces, aclarándose la garganta antes de contestar con aire supersolemne:
-¡La técnica!
-¡Nooop!- replicó el maestro.
-¡Los numeritos del tigre, la serpiente, el oso panda, el oso hormiguero, el mono borracho, el mono fumao...!
-¡Noooop!- y el maestro le arreó un bastonazo justo donde antes se había estado rascando (¡qué puntería, tío!).
-¿La fuerza?- entre dubitativos y furiosos sollozos mal reprimidos.
-Nooop, nooop y requetenooop.
El discípulo se arrodilló, suplicando:
-¡Por favor, oh Gran Maestro de la Orden Supersecreta de los Ratones Coloraos, dime cuál es el Gran Secreto del Kung-Fú que hace de nosotros, los monjes shaolines, seres verdaderamente invencibles!
-¡La velocidad!- sentenció el maestro en apenas una milésima de segundo.
-¿La..., la velocidad?- preguntó el discípulo sin dar mucho crédito a sus propios oídos.
-Sí, pequeño saltamontes,- y el maestro hablaba ahora con inesperada ternura- la velocidad. Te explico, tranqui, tronco. Si te encuentras con una pelea, aléjate de ella lo más rápido que te permitan tus piernas. Corre, Forrest, ejem, corre, pequeño saltamontes, corre como el viento fétido de las riberas del Valle del Río Anaranjado. Recuerda siempre que jamás podrás perder una pelea en la que no hayas tomado arte (marcial) ni parte.
Y el discípulo sonrío con una complacencia que le llegaba de oreja a oreja. Un ruiseñor cantó, flotaba en el aire el perfume de unas flores que ahora no me acuerdo cómo se llaman y, ¡coño!, se puso a llover. Pero el maestro fue más rápido que aquel chaparrón verdaderamente monzónico. Para cuando la primera gota aterrizó sobre el suelo, él ya estaba tranquilo y completamente seco meditando dentro del templo. En cambio, el pequeño saltamontes se puso como una sopa de tallarines. Aún le quedaban largos años de humildad, paciencia y, sobre todo, entrenamiento.
-Dime, pequeño saltamontes, ¿cuál es el Gran Secreto del Kung-Fú que hace de nosotros, los monjes shaolines, seres verdaderamente invencibles?
El discípulo, que no había pasado una noche del todo apacible pensando en vete tú a saber qué cosas y que tampoco esperaba un examen sorpresa, se rascó el cogote dos o tres veces, aclarándose la garganta antes de contestar con aire supersolemne:
-¡La técnica!
-¡Nooop!- replicó el maestro.
-¡Los numeritos del tigre, la serpiente, el oso panda, el oso hormiguero, el mono borracho, el mono fumao...!
-¡Noooop!- y el maestro le arreó un bastonazo justo donde antes se había estado rascando (¡qué puntería, tío!).
-¿La fuerza?- entre dubitativos y furiosos sollozos mal reprimidos.
-Nooop, nooop y requetenooop.
El discípulo se arrodilló, suplicando:
-¡Por favor, oh Gran Maestro de la Orden Supersecreta de los Ratones Coloraos, dime cuál es el Gran Secreto del Kung-Fú que hace de nosotros, los monjes shaolines, seres verdaderamente invencibles!
-¡La velocidad!- sentenció el maestro en apenas una milésima de segundo.
-¿La..., la velocidad?- preguntó el discípulo sin dar mucho crédito a sus propios oídos.
-Sí, pequeño saltamontes,- y el maestro hablaba ahora con inesperada ternura- la velocidad. Te explico, tranqui, tronco. Si te encuentras con una pelea, aléjate de ella lo más rápido que te permitan tus piernas. Corre, Forrest, ejem, corre, pequeño saltamontes, corre como el viento fétido de las riberas del Valle del Río Anaranjado. Recuerda siempre que jamás podrás perder una pelea en la que no hayas tomado arte (marcial) ni parte.
Y el discípulo sonrío con una complacencia que le llegaba de oreja a oreja. Un ruiseñor cantó, flotaba en el aire el perfume de unas flores que ahora no me acuerdo cómo se llaman y, ¡coño!, se puso a llover. Pero el maestro fue más rápido que aquel chaparrón verdaderamente monzónico. Para cuando la primera gota aterrizó sobre el suelo, él ya estaba tranquilo y completamente seco meditando dentro del templo. En cambio, el pequeño saltamontes se puso como una sopa de tallarines. Aún le quedaban largos años de humildad, paciencia y, sobre todo, entrenamiento.








1 comentarios:
Mi querido Manuel!! Estoy llorando de la risa!! Un abrazo!
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